No me había dado cuenta que
tenía tanta sed, cada trago que tomaba entraba como un pequeño milagro, y hacia
que mi garganta se sintiera tan bien, el frio comenzó a entrar en mi cuerpo, y
podía sentir cada gota de agua rebotando felizmente contra mi estómago vacío.
Al fin cuando ya estaba satisfecho me eche a andar, como siempre sin rumbo por
las calles de esta ciudad.
Las personas siempre voltean
la mirada hacia mí, sobre todo los curiosos niños, el color rojizo del
atardecer ya se podía ver en todo el cielo, y el viento del día se movía como
previendo el venir de su hermano nocturno más frío y misterioso. Caminé hasta
un pequeño rincón entre dos tiendas una de comidas de todos los olores
fabulosos que las personas se dan el lujo de comer a diario hasta que ya no los
sienten y hasta desprecian, yo quisiera probar un bocado de aquella comida por mí
mismo, en la otra tienda no podía entender la función de la misma, la gente
tomaba trozos de pieles coloridas y las sacaba en bolsas de ese tejido blanco
con mal olor.
Me recosté contra la pared y
dejé caer mi cuerpo en el suelo, sentí cada paso que había dado durante el día,
esperaba que el pequeño rincón evitara que el frio penetrara en cada fibra de
mi piel durante la noche.
Cerré los ojos, y pasaron quizás
tres horas en un instante, el hombre de la tienda de comida al que ya he visto
muchas veces me dio un poco de sus sobras, era claro signo de que ya estaba por
cerrar la tienda, comí insaciablemente mientras el hombre cerraba la cortina de
hierro y se iba como siempre me quedaba viendo su espalda hasta que lo perdía
de vista en la siguiente esquina de la calle. Luego retomaba mi rumbo, hasta el
parque que está en medio de una agrupación de edificios bajos, sé que viene
mucha gente durante el día, pero de noche es simplemente muy tranquilo uno que
otro hombre aparece con su chimenea encendida y un andar intranquilo.
El parque es el lugar perfecto
para descansar, el árbol robusto en el centro mantiene cierto calor en su pata
y yo simplemente me acuesto en sus raíces, que nunca están más frías que el
piso, caro esta puede ser solo mi opinión desviada por el placer que le
producía a mi alma dormir en este lugar.
El color del cielo ya era azul
pero el parque continuaba a oscuras, igual que el resto de la ciudad, un
sentimiento inquietante me despertó, algo era diferente aunque no podría decir
exactamente qué. Me senté y estiré mi cuerpo, miré a mí alrededor y supe lo que
había cambiado, era el aire, estaba pesado, sin olores, como si el viento se
hubiera detenido luego de aplastar todos los aromas contra el suelo.
Pocos son los que tienen la
habilidad de sentir esta diferencia, y por eso las personas que se paseaban enérgicamente
por la ciudad lo hacían como cualquier otro día, pero yo podía entender que
esta pesadez venía de una de las calles que daban contra el parque, y cómo pudo
más mi miedo que mi curiosidad avancé en dirección contraria, hacia el arroyo
oloroso bajo el puente de piedra en medió de pasto y arboles enormes, ninguno
tan placentero como aquel en el parque. Me detuve a ver el pequeño torrencial
de agua justo en medio del riachuelo construido por las personas de esta
ciudad, el canal de piedra parecía venir de muy lejos y nunca le había visto el
final.
Los miles de olores que
emanaban del agua son un poco nauseabundos, pero en este lugar ya no sentía aquella
atmosfera que me obligo a huir, pase unas horas acostado en una pelambrera de
pasto al lado del arroyo artificial, y escuchando el pequeño curso del agua
silenciado por los sonidos de los vehículos, que pasaban en la carretera
cercana, y recordé a un viejo amigo con el que pasaba mis horas todos los días,
jugando y haciéndonos compañía, a veces cazábamos en el bosque cercano, y pasábamos
la mayor parte del tiempo simplemente caminando y explorando, pensé que si
alguien podría entender el cambio en el ambiente era él, siempre que íbamos de
cacería demostraba que tenía un olfato mucho más agudo que el mío para eso,
siempre conseguíamos algo, y siempre era él quien encontraba la presa del día,
yo simplemente le seguía, nunca pude aprender su técnica, y ahora estoy solo e
ir de cacería simplemente no se me da, lo único que puedo hacer para sobrevivir
es depender de la buena voluntad del hombre de la tienda.
Me dio un poco de tristeza y
me eché a andar por la ciudad, mientras caminaba y los carros pasaban por la avenida,
recordé que Baco le gustaban mucho las palomas, y siempre quería cazar una,
pocas veces lo lográbamos pues eran muy escurridizas y podían dejar atrás parte
de sus plumas cuando por fin las agarrábamos, el día en que Baco murió yo logré
atrapar una paloma y se la di porque,
simplemente no entendía el gusto que él les tenía yo simplemente no
podía soportar su sabor. Esa tarde la pasó hablando de la textura de la paloma
de lo buena que estaba, pero que no se comparaba con el sabor de las palomas
que vivían fuera de la ciudad, parecía un chiquillo otra vez hablando de sus
aventuras.
Esa tarde en el parque había
unos niños jugando, Baco y yo solo los mirábamos, se lanzaban una pelota de
lado a lado, y la atrapaban con sus manos, el juego consistía a no dejar que
algunos de los niños atraparan la pelota en el aire, en un instante la pelota
cayó hacia la carretera, y Baco se levantó animadamente a recoger la pelota
antes de que los niños se lanzaran a la calle, sin fijarse en que un carro bajaba
por la calle más empinada del parque sin hacer el más mínimo ruido como si
tuviera el motor apagado, el frente del carro alcanzó tumbarlo contra el asfalto
y el resto del vehículo deposito su peso a través de las ruedas sobre el cuerpo
de mi mejor amigo, lo último que salió de su boca fue un aullido de dolor, y yo
solo pude mirar, el carro no se detuvo los niños gritaban yo no me lo podía
creer, me senté en el andén junto a su cuerpo, pudieron pasar horas hasta que
llego un grupo de gente vestida en batas a recoger lo que yo sabía era el
cuerpo sin vida del mejor cazador que conocía, no sé a qué horas llego la
noche, ni a qué horas se fue, pero al día siguiente la ciudad seguía su curso
como si nada hubiera pasado, como si Baco nunca hubiera existido.
Seguí caminando por horas,
hasta que el atardecer volvió anunciando que era hora de volver con el hombre
de la tienda para que hoy también me diera un poco de su comida, hice una
parada en un riachuelo natural que se formaba en medio de una casa abandonada
para tomar un poco de agua, para cuando llegué a la tienda el hombre ya estaba
cerrando la cortina, y cuando me vio sacó una bolsa con comida y me la dio, yo
agradecí y comí, espere a que su figura desapareciera en la esquina y volví al
parque para descansar.
Cuando llegué a las raíces del
árbol entendí lo cansado que estaba, y dormí hasta la mañana siguiente, el
cambió atmosférico me despertó nuevamente, esta vez mi curiosidad le gano a mi
miedo, y me dirigí al lugar de dónde venía aquella fuerza capaz de aplastar los
aromas hacia el suelo. Desde la esquina de la cuadra no veía nada anormal, solo
lo podía sentir, empecé a caminar y sentí como si el espacio mismo se
desplazara de lado a lado, cada paso que daba me costaba más trabajo que el
anterior, pero era demasiado tarde para dar marcha atrás, quizás un poco
embriagado por el desplazamiento espacial no podía pensar con franqueza, en un
momento no pude caminar más, pero no era necesario fuera lo que fuera ya estaba
a mi lado, lo podía ver si volteaba la cabeza solo un poco, busque fuerzas para
mover mi paralizado cuerpo solo un poco más y cuando logré girar vi, lo que parecía
ser una persona cualquiera sentada en las escaleras de la entrada de un
edificio con los ojos cerrados, en una posición tranquila como concentrado en
sí mismo, en el flujo de energía que lograba a través de su cuerpo hacia
afuera, sonrió.
-
Así que tú lo sientes –dijo con una voz muy
calmada- hasta ahora pensé que era solo mi imaginación jugándome trucos
No le respondí nada,
simplemente terminé de girar mi cuerpo y volví a mis días de vagabundo.